1 may. 2017

El rampante nombre del viento

Les pedí a mis amigos que se olvidasen de mí
y me fui a pedir a la puerta de todas las catedrales
a pulir mis nudillos,
a fortalecer mis rodillas para aprender a andar de pie.

Le dije a mi madre que no me esperase levantada.
Huí a la copa de los árboles para no bajar jamás.
A las tres horas salté y quebranté
todos los juramentos del mundo, sólo por placer.

Dejé el trabajo y me fui de la ciudad sin maletas
para escuchar el sonido de las tormentas en el campo
y me senté al pie de un arbol
a que me cayeran todos los rayos del cielo
más alguna centella.

Cerré mi cuenta bancaria y me tiré a la carretera
y encontré un hada maligna de paso
y asaltamos gasolineras juntos
y volvimos locos a los policías,
y nos amamos después de pegarnos.

Cogí una navaja suiza y cerré todas las puertas tras de mí
y me fui con los gitanos de la feria
y dormí en graneros y puse los cuernos a tres molineros
y me tiré por un barranco y grazné cuando me rompí la pierna
y dormí al raso abrazado a un barril de cerveza.

Si algún día la corbata aprieta hasta el ahogo
juro por todo lo que no es sagrado que lo haré.
Sí,
un día
de estos
lo haré.

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