5 feb. 2017

Así anochecía en Carnaby Street

Panero apura su último cigarrillo,
la mirada recelosa se apaga,
la condena termina.
Su familia y allegados
nunca se lo perdonarán.

Bien sabía él
que los ojos despiertan a menudo
en la pesadilla
de la consciencia desvelada,
un látigo
que desgarra la mano que lo sostiene.

Que la lucidez
es un tormento, una tormenta,
luz de fluorescentes en una celda,
un aciago don
bien lo sabía él.

Bien sabía Panero
que así se fundaron los manicomios:
con la carne de los descarnados.

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